Pumori, la hija del Everest

Pumori, la hija del Everest
El Pumori es una hermosa montaña ubicada en el Himalaya, fue bautizada por George Mallory, su nombre deriva de "Pumo" que significa hija y "Ri" que significa montaña, también se la ha traducido como "Hija soltera" o "Hija de la diosa madre" por lo que montañistas y exploradores la llaman "la hija del Everest". Esta pirámide de roca, nieve y hielo nos espera... y tú puedes seguir todo el desarrollo de esta aventura aquí!
viernes, 15 de octubre de 2010

"Quinta entrega"


Miércoles 13 de octubre, el día empieza temprano para tres miembros de la expedición. Joshua, Marco y yo salimos del campo base a las cuatro de la mañana con el objetivo de fijar cuerdas fijas y montar nuestro campamento 1 (C1), a 6.100 m. El día anterior, conversamos con dos sherpas de la expedición Peakfreaks para que nos digan cuál es la mejor ruta a seguir. Sin embargo, no obtenemos mucha información, nos ven con recelo, como si fuésemos su competencia, y mientras hablan entre ellos su expresión es de “estos manes no tienen idea de lo que les espera”. De pronto nos llevamos la primera sorpresa: no tenemos suficiente cuerda fija para llegar hasta el C2, pese a haber traído 200 m más de los 800 que estimamos originalmente. Aun así, partimos con la intención de fijar cuerdas hasta el C1 y dejar la carga para que el resto de expedicionarios monte el campamento al día siguiente. Salimos a las 04h05 del campamento base (CB); a 07h30 llegamos al campamento base avanzado (CBA) y nos alistamos con las cargas y el equipo de escalada necesarios para el trabajo del día. Tras navegar una hora por el glaciar, entre grietas y secciones con hielo negro, camino al glaciar superior, nos damos cuenta que vamos muy pesados y la marcha es lenta. Lo que la víspera habíamos considerado un día sin complicaciones, se va tornando en un día bastante largo y complicado.
 
Llegamos a 5.850 m y empezamos a desenredar los primeros 200 m de cuerda coreana para fijarlos; progresamos a buen ritmo y sin encordarnos ya que el terreno aún no es complicado; metro a metro terminamos el primer rollo de cuerda y llegamos a 6.000 m, donde ya empezamos a sentir la altura y el peso extra que llevamos sobre nuestras espaldas. Continuamos el ascenso y llegamos a una estación antigua, a 6.080 m, que tiene un buen seguro; desde allí empezamos a usar la cuerda para asegurarnos ya que vemos que los largos más complicados se aproximan y que la inclinación de la pendiente varía progresivamente de 65 grados a 75 y luego a 80. Afortundamente, el hielo es maravilloso para poder asegurar y progresar. Al medio día, nos encontramos cansados al pie del primer contrafuerte de roca. Joshua me dice que tiene dos noticias, una buena y una mala. La buena es que ya se ve la salida a la arista donde pensamos ubicar el C1; la mala es que el siguiente largo de 50 m es vertical, en la parte fácil, y vertical, expuesto y con nieve mala en la parte complicada. Ya nada. Es lo que hay. Le dejo a mi pana Joshua que cuente ese larguito.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.
Pues sí, alcanzamos la parte final del contrafuerte de roca y nos topamos con una sección vertical con nieve que se desprendía a cada paso. Es decir, de esas secciones que le dan la calificación a la jornada. La solución: apretar lo que más se pueda, incluso aquello que está debajo de la espalda; clavar los piolets y crampones donde buenamente se emplacen; y esperar a que la superficie en la que se está montado no ceda, y así uno no se vaya encima del compañero que, pacientemente, está asegurando algunos metros más abajo.
En esta parte, unas disculpas a mi pana Ossy por todos esos pedazos de hielo que le tocó recibir; pero era eso o mi persona.
Al fin salí, monté una estación y subió el Ossy. Evaluamos la situación: son las 14h30, tenemos las cosas arriba, en el sitio del C1, pero ya es tarde y hay que regresar al CB.  Hacemos un depósito y, sin mucha ceremonia, nos enganchamos a las cuerdas fijadas y bajamos en rapel. La terea está cumplida. De retorno, corregimos y reforzamos algunos anclajes. El frío ayuda a apresurar el paso. Cansados y contentos, los tres llegamos al CB justo a la hora de la cena.
Un saludo muy grande a mi familia que me apoya desde el otro lado del planeta, y a todas esas personas que nos mantienen en su pensamiento. Hasta la próxima y ¡salud!
Joshua

Así, después de 15 horas de laburo, estamos soplados pero contentos con el resto de nuestros amigos, en el calor de la carpa comedor, disfrutando de una coca cola fría. Mañana el resto de compañeros intentará llegar al C1 y montar dos tiendas para continuar con el trabajo de la expedición.
Quiero, por último, compartir dos cosas personales con todos nuestros amigos seguidores de la expedición. La primera: el inmenso amor y agradecimiento para mi familia que me ha apoyado durante todo este duro año de expediciones; a mi querida Amber que con su amor y apoyo me hace mejor hombre cada día. Te extraño mucho y te dedico todo mi esfuerzo en esta aventura de vida; a mis hijas y familia que soportan mis ausencias y me regalan sus sonrisas cuando llego a casa. A ellos, todo mi amor y cariño.
Segundo, a mi grupo de amigos que, como jefe de expedición, tengo la suerte de representar; un grupo de gente excepcional entregada a la pasión de la montaña, que trabaja duro cada día cargando, escalando, bromeando y apoyando cada minuto. Soy un hombre afortunado. Por contar con su amistad, gracias. Thanks to Sarita in New York all her help getting all the food and supplies are coming very handy. Thank you very much. And Hi to our friends from Poland we wish you well specially Ada we send you hugs and kisses.
Ossy

14 de octubre
Desperté cantando, con excelente ánimo y totalmente aclimatado en el campo base; planificamos una temprana jornada de avanzada al C1.
Edú, Mauricio, Santiago, Peter, Mary y yo salimos hacia el CBA, allí dejamos  la carga personal y tomamos material colectivo para seguir abasteciendo la ruta de ascensión.
Estamos en otro mundo: a la vuelta de la esquina el Everest, el Nupste y el Lhotse; cuesta arriba, el Pumori, cada vez más empinado y cansado; mientras se gana altura la respiración es más dura, la progresión es más lenta y la inclinación acentúa la dificultad; y con ello, los sentimientos y recuerdos nos dan aliento virtual, “no te des, viniste a esto, este es el soñado Pumori”. La jornada no es fácil. Cinco participantes seguimos en el porteo de altura: Mauricio, Santiago y yo, de avanzada y más ligeros; y detrás siguen Edú y Peter, más despacio.


La rutina ahora es, jumar, paso, piolet y respiración; pasan los metros y las horas; la nieve se va descomponiendo en las partes más delicadas; lo más difícil es la salida a la última estaca, donde terminan las cuerdas fijada ayer; hemos superado los 6.100 m y no podemos imaginarnos cómo llegaron ayer a este punto. ¡Increíble el paso de colibrí de Josuha, quien abrió la ruta!
Se nos pasó el día. Sed, cansancio hambre y comenzamos a pensar en la premura de la bajada. Se acercan las 16h00 y nos quedan menos de dos horas de luz. Mauricio, Santiago y yo depositamos el material cargado e iniciamos el descenso con múltiples rapeles y un examen de 10 puntas, ya cerca del CBA.
Allí pasaron la noche Mauricio, Santiago y Edú. Yo bajé al CB, donde me recibió el resto del equipo con una deliciosa cena. Se cierra una jornada de aproximadamente 12 horas, desde el CB (5.300 m) hasta 6.200 m, sitio del depósito. Mañana  a descansar  y pasado saldremos rumbo al C2, a 6.500 m.
Ramiro

Pangboche - Campo Base "Cuarta entrega"



La jornada inicia a las 8h00. El equipo se encuentra motivado, inquieto por lo que le depara. Nima indica que el desnivel a superar no es tan grande como en días anteriores, sólo 1.000 m para llegar a Lobuche, que se asienta a 4.800 msnm. La expectativa se mantiene.
El inicio de la jornada está saturado de caminantes  que se dirigen a diferentes destinos, como los campamentos base del Ama Dablam, el Everest y el Khala Pattar. Por la lengua y el acento reconocemos a expedicionarios de diversas procedencias, británicos, españoles, italianos y otros que no logramos precisar. El equipo ecuatoriano, bien uniformado, es reconocido por extraños que lo alientan y le desean la mejor de las suertes.
– ¿Los ecuatorianos?
– Sí
– Suerte en el Pumori
–Gracias
Se ha pasado la voz y de alguna forma esto nos compromete y motiva.
El escenario no ha cambiado significativamente, salvo la envergadura de las moles de roca, hielo y nieve circundantes que aumenta conforme recorremos la quebrada que nace en Namche Bazaar. Los cerros que quedan atrás resultan lomitas cuando regresamos a verlos y los comparamos con los que vienen por delante. El Nuptse continúa en primer plano con el Ama Dablam custodiando sus dominios. El Everest, el Lohtse e incluso el Pumori se mantienen escondidos en segundo plano, próximos a develarse cuando hayamos ganado altura. Requerimos de mapas para empezar a familiarizarnos con los nombres. Mientras tanto, no dejamos de captarlo todo con nuestras cámaras.
Pemba guía al equipo seguido de cerca por Joshua, el ablanda guía; las instrucciones de Oswaldo para la hidratación se cumplen, aunque a regañadientes. –Jefe es jefe–.
Mientras caminamos nos alegramos de ver por fin nuestro objetivo, una hora después de iniciar la marcha. Nuestras cámaras captan las primeras imágenes de la colección. Seguimos el camino hasta Pheriche, donde nos llevamos una gran sorpresa: el sitio para comer es elegante, cómodo y acogedor, de no esperarse. Llegamos temprano, para variar. El almuerzo estaba programado para las 11h00, pero nos pasaron la comidita pasadas las 12h00, tiempo durante el cual, el sitio se convirtió en un lugar de esparcimiento. Algunos aprovecharon de una conexión de internet para enviar mensajes y los textos para alimentar el blog.
Mary se quedó en Pheriche ya que consideró que no era prudente ascender 1.000 m en un solo día, que requería una aclimatación más pausada. Con ella volveremos a encontranos en el campamento base del Pumori.
Una vez alimentados, reiniciamos la caminata hacia Lobuche. El inicio se parece mucho a Playa Collanes; luego, a los arenales que suben desde Crespos Centrales hacia el glaciar, en el Antisana. El camino bordea el final del Glaciar del Khumbu con un ascenso de aproximadamente 300 m. En Tukla descansamos para hidratarnos y picotear. Mientras Edú investiga el sitio, se acerca un trovador alemán que carga su mochila y una guitarra.  Sin ningún preámbulo, se instala con la guitarra junto a nosotros, la afina e inicia una sesión de guitarreada  con: “ya no tengo un lugar…”.  Varias canciones con acompañamiento castizo deleitan a propios y extraños. Al decir propios, me refiero a  los nepalíes que sacan la cabeza de sus quehaceres, provocados por el alboroto. Al término del intermedio musical, retomamos la marcha por una morrena empinada hacia Lobuche. En el camino encontramos a una persona que espera, en una cámara hiperbárica, una evacuación de emergencia. Estamos a 4.800 msnm. No sabemos qué pasó.


Los super rápidos y rápidos tuvieron la oportunidad de verle al Pumori de cerca más de una vez: –¡Estamos aquí! Está a la vuelta de la esquina, no hay vuelta que darle, hemos de subir no más.
Nuestra reservación no había sido respetada y Pemba se encargó de ubicarnos en un Tea House, que cumpliría con su cometido: casa y comida. No todos tuvieron nuestra suerte. Muchas expediciones tuvieron que acampar. Al menos 50 tiendas estaban montadas o próximas a ser erguidas. Todo los expedicionarios llegamos sin problemas y con buen ánimo.  Cenamos, acordamos el desayunos para las 8h00 y fuimos a dormir. Durante el desayuno los primeros síntomas de falta de sueño y mal de altura aparecieron en algunos. Finalizado el desayuno, iniciamos la caminata hacia el campamento base.
Este tramo tiene una apariencia más montañera. La expectativa se incrementa, pues ¡por fin!, fijaremos el campamento base del Pumori, en las faldas de la montaña, para la cual nos preparamos durante mucho tiempo. Con mucha ilusión, vemos cómo nuestros pasos nos acercan; de alguna manera, son nuestra cuenta regresiva para entrar en oficio.
El Khumbu, a nuestra derecha; las subidas y bajadas son la tónica; el terreno morrena y tierra, con un sol abrazador. Para variar, el equipo camina a un ritmo más rápido que el de los otros. Una sola cola de peregrinos, entre alemanes, japoneses, americanos, británicos caminan a un ritmo de fin de marcha forzada, con la lengua de  corbata y en cuatro patas. Un número similar de personas desciende.
En Gorak Shep nos hidratamos en un tea house, punto de partida a Khala Patar, la vitrina del campamento base del Everest y del magnífico Glaciar del Khumbu. La hidratación concluye y continuamos hacia el campamento. En el camino encontramos un letrero paupérrimo que indica: campamento base del Everest. Pero nosotros seguimos hacia el del Pumori que, en esta ocasión, tiene más importancia.
El campamento ya está instalado: carpa comedor, carpa cocina y varias plataformas para que instalemos nuestras tiendas. Se acabó la comodidad de una cama, ahora inicia la comodidad de la carpa. Sin embargo, Oswaldo nos ha proporcionado un trato de lujo para concentrarnos en nuestra escalada; con todos los bríos atacaremos de la forma más eficiente y segura esta montaña que nos ha recibido con todo su esplendor, su forma, de alguna manera, hasta amenazadora que, sin embargo, nos hipnotiza.
Oswaldo nos indica que tendremos un jefe de cocina y campamento, el caballero nepalí Baburam Freire Sherpa. Jeje.  El ánimo y la sonrisa de hornado nepalíes.
En la mañana nos visita un sherpa que humildemente baja del South Col, a ¡8.000 m!
P.A.

¡Qué dura es la vida del expedicionario!
Ahora comprendo. El reto va por otro lado. No se trata de morirse del frio y de pasar la noche contando las piedras que se te clavan en la espalda. Atrás quedaron los días de aprender astrología para encontrar la cruz del sur. Ya no es necesario cargar un fideo rapidito y sopas de sobre para que, al volver a casa, las madres o esposas se escandalicen por los 5 kilos menos que tiene el osado, extremo, sufrido expedicionario. ¿Velas, candiles, antorchas, luces de bengala? Que vaf…
En nuestro campamento hay una carpa que sirve de comedor con calefactor, luces y planta de energía solar; una larga y cómoda mesa para los expedicionarios, con todos los aliños y golosinas que se nos puedan ocurrir, desde mantequilla para las tostadas, hasta chocolate Cadbury para poder conciliar mejor el sueño en la altura. Al atardecer se preparan toallas húmedas calientitas para estar aceptablemente limpios a la hora de la cena.  El menú incluye de todo, sopa, ensalada, sardinas, papas, espagueti, salami, verduras y postres. Nada mal.
La carpa que está en la mitad sirve de cocina y es donde se preparan los alimentos y están los sherpas. Lo cual es muy bueno porque cantan a toda hora y son extremadamente atentos, alegres y serviciales. Gracias a ellos tenemos comida deliciosa y caliente a tiempo, un tarro con agua caliente para lavarnos las manos y la cara; agua tibia para lavar la ropa; y agua caliente para bañarnos en la carpa-ducha.
Imaginen un lugar en donde una volqueta acaba de dejar su carga. Pues esa es más o menos la composición del suelo en donde está el campo base. Es un espacio lleno de piedras pequeñas, grandes e inmensas, sobre las cuales debemos hacer equilibrio para ir a comer o para ir al baño. Por suerte, antes de que llegáramos, los sherpas limpiaron unos espacios donde pusimos las carpas; además, tenemos colchones. Otra vez, nada mal.
Así que con tanta comodidad, da un poco de vergüenza no hacer nada. Hoy, a pesar de que era día destinado al descanso, el grupo se preparó para subir y armar dos carpas en el campamento avanzado. Llevaron cuerdas y regresaron en tiempo ecuatoriano. Que equivale aproximadamente a tres cuartos del tiempo nepalí. Esa es la parte dura de la vida del expedicionario, al menos en el caso de la expedición del Pumori; es decir, la de enfrentarse a uno mismo, al clima, a la montaña.
 
Una triste noticia.
Al llegar al campamento base una de las integrantes de la expedición sintió la altura. No durmió bien y le dolía la cabeza. Diagnóstico: mal de altura. Entre todos se tomó la decisión de que lo mejor era retroceder lo antes posible hasta uno de los pueblos que está en el camino, pues eso incidiría para que se recupere rápidamente. Por eso, la Lore bajó con el Edu y Nima a Pheriche. Una vez estabilizada, regresará a Namche en donde se encontrará con la otra trekkinera para regresar a Kathmandú. Una vez más, los que se quedan tienen la responsabilidad de hacer las cosas bien, por los que están, por los que regresaron, por los que querían venir, por los que simplemente están pendientes de nosotros esperando por las buenas noticias. ¡A su salud!
PD: Acabamos de recibir noticias. Lorena está estabilizada y fuera de peligro.
K.F.

I arrived in basecamp today.  I looked at Pumori and immediately got El Capitan syndrome: that is WAY bigger than the last time I was here.  How did that happen?  Seriously, the route looks difficult but pretty well protected and doable.  I will rest tomorrow and acclimate some more, then go to ABC the next day.  I miss my family.  I have been showing pictures of my little girl to everybody and all the locals say she looks like a Tibetan. That’s a complement I think. The group is fun and full of energy.  It is sad to lose lorena, but I am glad she is feeling better in Pheriche tonight.  Basecamp is beautiful, but I hope not to spend too much time here.  Love you Simon and Bailey and hello to everybody at home.
M.R.

Phakding-Namché-Pangboche "Tercera Entrega"



Phakding. Las instalaciones de hospedaje, comida y acogida en el tea house nos dejaron un sabor agradable. 
Descanso reconfortante, desayuno abundante: la jornada tenía que empezar. Con las mochilas puestas, arrancamos cerca de las 8:00 con el objetivo de llegar a Namché Bazar en lo que, según nuestros queridos guías Pemba y Nima, sería una jornada de 6 horas. Comenzamos a darnos cuenta que el tiempo nepalí tiene una lógica diferente: una hora se convierte en 45 minutos. Llegamos antes a nuestro destino.

La jornada discurrió por un pequeño camino junto al río Dudcuché, que de vez en cuando se convierte en una carretera o autopista atestada de gente subiendo hacia Namché, la mayoría apurados por llegar al campo base del Everest. Cada cierto tiempo nos encontramos con pequeños caseríos de arquitectura muy distinta a la que nos imaginábamos: casas de piedra, dos o tres pisos, colores fuertes, ventanales con vistas espectaculares, todo pensado en los turistas que llegan de todo el mundo. Pasamos varios puentes colgantes sobre el río, el cual, a medida que subimos, acumula fuerza y bramidos. A la vuelta de cada esquina encontrábamos más cruces de puente. Vestigios de las antiguas estructuras por donde pasaba la gente arriesgando el pellejo van quedando por debajo de los nuevos, aliviándonos por el momento la sensación de sentirnos inseguros mientras el viento juega con las banderas dejadas para reverenciar a los dioses de las alturas.

Almuerzo de medio día, nuevamente comida abundante como un regalo al cuerpo. Para pasar el tiempo, una de las expedicionarias, invitada por la dueña del restaurante, dedicó su tiempo a pelar las papas que serán servidas en los platos de los comensales hambrientos. Pasadas dos horas ya estábamos nuevamente camino arriba, con un clima que iba cambiando al de una tarde fría y nublada. Después de 3 horas, finalizando una subida desde el río hasta un pequeño valle con abundante bosque, llegamos a Namché Bazar, antiguo pueblo donde conviven gente nepalí y tibetana. Es un poblado enclavado entre cerros, como los barrios quiteños de la Libertad o San Juan. En sus pequeñas callejuelas empedradas, Namché Bazar exponea decenas de comerciantes que con una sonrisa amplia ofrecen grandes descuentos por artesanías: artículos de metal, cuero, textiles, joyería, madera, máscaras, campanas de yaks, ollas, candelabros, sacos y mantas de lana, teteras…. En fin, miles de artículos que podrían llenar tres veces nuestra conocida Sukasa.

 Arrimamos las mochilas en nuestro hospedaje, a mitad de colina, con una vista generosa del poblado. Sin dejar pasar mucho tiempo, ya estábamos escogiendo la cena para la noche. Esa noche teníamos ducha con agua caliente, detalle altamente cotizado después de dos días de viaje. Lo mejor de todo es que al siguiente día tendríamos día de descanso: ¡un día de compras! Ya por la noche, luego de cenar, el plan fue recorrer de las empinadas avenidas rumbo a un desconocido expendio de estanco. Unos optaron por ese plan, otros buscaron la calidez de las cobijas.

            Namché Bazar. En la mañana pudimos dormir hasta tarde: 6 de la madrugada. Aún el cambio de horario nos está haciendo jugaditas nada agradables. De todas formas, cada uno fue llegando al desayuno programado para las 9 con la agradable sensación de que dedicaríamos el día a recorrer Namché, a vaciar los bolsillos haciendo compras. Nos percatamos que este poblado es la tienda de montaña más grande que hemos podido conocer cada uno de nosotros: un almacén de diez cuadras a la redonda de ropa y equipo de montaña: chaquetas de goretex desde 30 dólares (sí, están leyendo bien, treinta dólares), chaquetas de pluma a 40, pantalones de softshell a 25, etc. Muchos caímos en la tentación. Sabíamos que se trata de equipo fabricado y traído de la China, copias muy bien hechas, con los modelos, colores y etiquetas calcadas a las que se venden en almacenes de alta alcurnia —como Andes 6000, Tatoo o la casa de la REI, en EE-UU.—. ¡Viva la piratería! ¡A democratizar el montañismo! Cada uno dedicó su tiempo libremente para recorrer cada rincón: unos por ropa de montaña, otros por artesanías, otros por fotografías, otros simplemente por caminar y caminar. Cada cual fue recibiendo las sonrisas de la gente de Namché, los vendedores y las vendedoras mostraron su enorme sentido del humor, de la alegría, de la generosidad. En especial los tibetanos, con un sentido más amplio, bajaban y bajaban los precios cada vez que pedíamos rebaja.

Ya teníamos la rutina bien asumida. A medio día almorzamos y la tarde la seguimos dedicando a las compras. Nos faltaron ojos, manos y bolsillos para llevarnos todo lo que vimos. Por mala suerte, el peso y las semanas que nos quedan por delante nos obligaron a portarnos lo más austeros posible. Por la noche, cansados de tanto ver artículos mágicos, embrujados por la belleza o la sencillez, mostrando cada uno sus adquisiciones, nuevamente la cena estuvo lista en el comedor… Ya que al día siguiente saldríamos temprano, nos fuimos retirando a nuestras suites. El plan de la siguiente jornada ya estaba trazado y organizado hasta el mínimo detalle: iríamos hasta Pangboche, pasando por Tengboche.

Tengboche-Pangboche. Desayunados, a las siete y media de la mañana partimos rumbo al poblado de Pangboche. Día despejado, augurio de mucho sol, sudor y sed. Subimos hasta la cima del cerro de Namché, donde comienzan a aparecer generosamente montañas y cerros, encañonados, bosques. Al final dos figuras que reconocimos de inmediato: el Amadablán y el Everest. Respiración acelerada por la subida y emoción. El detalle desagradable fu que se había incrementado el número de turistas. El paso por el camino de tierra se hizo casi intransitable. Gentíos y animales de carga. Nosotros, en fila, nos enrumbamos ágilmente hacia las laderas de abajo. Fuimos dejando atrás a los cientos de caminantes que querían llegar, cada uno lo mas rápido posible, a ver su montaña escogida. Teníamos el objetivo de llegar a Tengboche para almorzar y visitar el monasterio budista.

Una bajada estrepitosa por un camino enterrado y empedrado, casi 400 metros de desnivel, hasta llegar al río Yjorsale. Pasamos por un puente colgante con el equilibrio ya aprendido, para nuevamente subir por una pendiente que nos quitó el aliento bajo un sol canicular. ¿A qué hora llegamos? Pasaban los minutos y el trecho no acababa. Decidimos hacer un alto bajo una sombra abundante para comer un par de frutas secas, tostitos con queso (artículo preciado en estas latitudes, premiado con un voto de aplauso a los compradores) y abundante agua. Luego seguimos el camino. No pasaron 45 minutos hasta que la pendiente fue haciéndose mas amigable. Vimos unas pequeñas estepas y de pronto ya: el valle de Tengboche, el monasterio, unos pocos restaurantes y hostales un poco más humildes. La vista al final del valle no podía ser mas tenebrosa, telúrica: ¡de lleno la pared sur del Lhotse, el Amadablán, el Nupse y el Everest! Tardamos varios minutos en reconocer el lugar y tomar fotos; luego fuimos a un restaurante para el almuerzo. De entrada, crema de tomate, la mejor que hayamos tomado en mucho tiempo, quizá la mejor de la vida.


Ya comidos, el plan fue ir a visitar el templo budista que ha sido abierto a todos los turistas que llegan por estos lugares. Monjes jóvenes y viejos pululaban haciendo quehaceres de monasterio: limpieza, cocina, arreglo. Otros se dedicaban a jugar un partido de fútbol en la cancha de la colina. Recorrimos en silencio los rincones del templo, rústico, austero, pintado con dioses. En la sala principal había monjes encargados de hacer un mandala con arena de colores. Nos ofrecieron asistir a la ceremonia de oración. Decidimos quedarnos un tiempo más para verla. Gracias a la gestión de nuestro guía Nima, Edu y Lorena tuvieron la oportunidad de recibir una bendición budista para su matrimonio.

L.S.


Templo tibetano. Compromiso vital


Uno nunca sabe cómo van a ser las cosas. Hemos venido un grupo de amigos a ascender al Pumori. En la tarde del cuarto día de montaña, llegamos ha Tengboche, una de la múltiples ventanas del “Khumbu”, la zona del Himalaya, en donde existe uno de los más importantes templos budistas de los sherpas. La búsqueda de una alianza espiritual encuentra aquí una repuesta. Pudimos compartir, con una ceremonia budista, una intención de estar juntos para siempre. Edu y Lore recibieron de manos del lama una bufanda de seda blanca y un certificado en pergamino de la ceremonia. Obviamente, Edu no asomaba porque estaba tomando fotos. No sabía que la novia ya había pagado al lama.

S.P.

Epílogo de la llegada a Katmandú y la llegada a las montañas "Segunda Entrega"


Todo comenzó con un convulsionado Ecuador. Luego de muchos meses de preparación, de salir a correr, de salir a la montaña, finalmente llegó el día. El sueño parecía caerse un día antes, con el cierre forzoso del aeropuerto y la posibilidad de perder todos los vuelos. El país de la incertidumbre. Es mejor dejar a un lado el tema polémico de la política: solo voy a decir que me fui profundamente triste por todo lo que pasó ese jueves, por el altísimo nivel de violencia que nos hace mucho daño a todos y no resuelve nada. Tema para otro blog.

El viernes no dormimos nada. El objetivo era llegar a las 2 a. m. para embarcarnos en el avión a Miami de cualquier manera. De lo contrario corríamos el riesgo de perder las conexiones. El esfuerzo valió la pena, nos atendieron primero y de a poco se me fue el sentimiento de que el viaje se iba a truncar, sentimiento que me persiguió durante todo el jueves de una forma extrañamente pesimista. Sentados en el aeropuerto bostezando, hubo tiempo para acordarse de las cosas que se nos olvidaban (léase el cargador del celular de Mauricio y las botas de trekking de Sempi). Poco a poco me regresó la tranquilidad y me hice a la idea de que estábamos a punto de viajar a los Himalayas, al menos luego de que nos sentamos en la sala VIP del aeropuerto de Quito, gracias a Peter.

Salimos tres horas más tarde a lo previsto, sin haber dormido nada pero felices de haber sobrepasado el obstáculo. Como es lógico, llegamos tarde a Miami, pero con el tiempo justo para poder abordar el vuelo a Los Angeles. Todo iba bien hasta el momento en que el Marquito decidió ser muy sincero y declarar el monto de dinero que llevaba como nuestro tesorero de expedición. Su sinceridad hizo que el oficial de aduanas le invitara a pasar a una sala sin en privado, sin que él supiese por qué. Afortunadamente, pronto se dio cuenta de que se trataba de la declaración del dinero, y con eso pudo explicar su gran responsabilidad dentro de la expedición, lo que evitó un examen más profundo de su ser.

Tuvimos que seguir porque el tiempo era justo para el siguiente vuelo. Peter se quedó solidariamente a esperar al infortunado. Al menos en ese punto había fácil solución por la gran cantidad de vuelos que salen hasta Los Angeles. Cinco horas después, en un aburrido vuelo interno en el que sólo el agua era gratis, sin haber almorzado ni dormido, finalmente llegamos al segundo destino.

En ese avión nos tocaron puestos diferentes. Junto a mí se sentó una señora colombiana de 60 años que iba a visitar a su hija. Estaba muy nerviosa. No hablaba inglés, así que se sintió más tranquila cuando se dio cuenta de que su compañera de viaje era ecuatoriana. No pude evitar acordarme de mi mami; me dio tanta ternura que traté de tranquilizarla durante el vuelo (ella tenía la idea fija de que su maleta se iba a perder). Al final del vuelo la acompañamos a ver la maleta. Me dio gusto ver el momento en que se encontró con su hija.

La llegada a Los Angeles, luego de todo el trajín y sabiendo que recién estábamos a mitad de camino, cuando aun faltaba un vuelo a Hong Kong de 15 horas, fue más agradable de lo que me imaginé. Nos recibió el tío Dany, el Cantón, Kiki, y la familia (tíos y primos) del Mauricio, gente que nunca o muy pocas veces había visto en mi vida. Sin embargo, me sentí como en familia. No es solo es espectacular que te recojan en el aeropuerto, que te lleven a su casa y te preparen una comida especial (ceviche y bife): más allá de eso, es la actitud y el cariño que sientes con gente que te desea toda la suerte y te apoya sin siquiera conocerte.

En cuanto a los del Club —caso extraño—, cuando se ven y se reconocen vuelven a tener 15 sin importar la edad que en realidad tengan. Hacen chistes, se molestan unos a otros, tienen su propio lenguaje, siempre sintonizados en el mismo canal. Es extraño, pero disfruto mucho de escucharlos. Pueden haber vivido en países distintos durante veinte años, tener otra vida y verse diferente a lo que eran. Sin embargo —como me dijo el tío Dany— hay cosas que no cambian: una es la voz, la otra es lo que son en esencia. Chévere experiencia estar con ellos. No faltó la guitarra y las cervecitas: parecía sesión del Club sucursal EE.UU. Finalmente llegaron Marquito y Peter. Con el grupo completo y un par de rones encima, marchamos hacia el aeropuerto con la confianza de que el Sempi no se nos quedaría en la aduana. Las 7 horas de espera pasaron rapidito.

No dormir todo un día y dormir durante el vuelo a Hong Kong me pareció la forma ideal para combatir el jet lag. La señora que estuvo junto a mí en ese vuelo se admiró de mi capacidad para dormir, pero había que considerar que llevaba muchas horas sin pegar los ojos. Me desperté descansada a las 7 a. m., hora de Hong Kong. Tengo mucha confusión con todo el tema horario, así que solo voy a decir que ésa era la hora y que habíamos pasado casi 15 horas en el aire. Por cierto, excelente el vuelo en Catay Airlines, muy buen servicio. Fui enormemente feliz cuando me di cuenta de que se podía ver toda clase de series y películas que uno escoge directamente en su pantalla individual.

Llegamos a Hong Kong cerca de las 8 de la mañana. Por suerte nos esperaban 10 horas libres para ir a conocer la ciudad. Comenzando por el aeropuerto, que es impresionante, Hong Kong es la ciudad más avanzada que he conocido: todo funciona como reloj. La emoción de estar en un país tan lejano y diferente hace que uno quiera tomar fotos de todo. Nos fuimos al centro en tren, lo cual tomó 24 minutos. Era domingo y la gente se veía relajada; seguramente la actividad de los días entre semana es mucho mayor.

Me sorprendió que las personas, en promedio, son de mi tamaño e incluso más pequeñas. Son gente muy delgada, blanca y de rasgos orientales. Pudimos tener una idea básica de lo que es Hong Kong en esas horas. Paseamos por la ciudad —que está diseñada para ser peatonal— y subimos en ferry a una loma que funciona como un mirador lleno de locales comerciales. Es increíble el nivel de vida que se tiene en esa ciudad. Los edificios son increíbles, y los sistemas de transporte muy desarrollados. Aunque me costó creerlo, la ciudad tiene mucho menos contaminación que muchas otras ciudades con menor densidad poblacional.

Hicimos un rápido city tour. Nuestro objetivo era encontrar un buen chaulafán, pero descubrimos que ese es un invento netamente ecuatoriano, no hay nada que hacer. Al fin nos sentamos a comer en un lugar de comida china bastante agringado. Estuvo rico, pero tuvimos que pedir 12 platos hasta saber cuál era el chaufarín. Le atinaron solo a uno.
El vuelo hasta Katmandú fue de 5 horas. Con un total de 30 horas en el aire, estábamos ya cansados de tanto avión. El vuelo hizo una pequeña parada en Dakha, Bangladesh, escala de la que yo no tenía conocimiento. Nos habían sentado en puestos diferentes, pero el Edu se acercó a donde mí para contarme que su compañero de viaje era de Bangladesh y se bajaba en esa parada. Sin embargo, no todos tuvieron la suerte de enterarse. El doctor Palacios, muy confiado, se bajó en Dakha para comenzar la expedición… Por suerte cayó en cuenta pronto y regresó al avión: se dio cuenta de que no estábamos jugando a las escondidas, sino que de verdad nadie más se había bajado porque todavía no llegábamos. Le tocó abrir la puerta del avión casi con la cédula para poder entrar de nuevo. Burla general.

Llegamos a las 10:20 de la noche del domingo a Katmadú. ¡Qué primera impresión tan impactante! Mi padre me había advertido que la ciudad es una Quevedo en el Asia. Luego de venir del primer mundo de Hong Kong, nos encontramos con una ciudad muy pobre, con poca luz, totalmente sin vida a esa hora. Me acordé de algunas ciudades de la costa ecuatoriana, porque además el clima era cálido. Apenas saludamos con el resto de la  gente de la expedición —que había llegado días antes— y nos fuimos a dormir, por fin en una cama.

A partir de eso todo ha sido como un sueño. Yo no puedo creer todavía que estoy del otro lado del mundo, en medio de la cordillera del Himalaya, rodeada de paisajes indescriptibles. Es difícil hacerse a la idea de lo que estamos viviendo; sólo puedo decir que cada momento me siento más afortunada. Podría describir una serie de detalles, pero es mejor verlo en imágenes. Varias veces leí en el Internet que Katmandú es una ciudad que despierta pasiones: o encanta o genera todo tipo de malestar. Yo apenas puedo decir que es caótica pero con mucho colorido. Algo importante es que, pese a la pobreza extrema que hay en el país, existen bajos niveles de delincuencia, pues la gente de verdad vive la religión que profesa (o las religiones, porque son varias). Para comprobarlo no hace falta más que ver a gente: es gente buena.



Todos estamos tratando de vivir intensamente. No importa el cansancio, ni las madrugadas o el esfuerzo, todo vale la pena. Somos muy afortunados, no solo porque hemos podido viajar, sino porque estamos entre amigos. Ésa es la mayor fortuna. Puede sonar trillado, pero lo cierto es que entre quienes estamos aquí hay más cercanías que distancias. No importa las edades, los géneros o los gustos. Todos aquí somos muy diferentes, pero en el fondo algo nos une. Imagino que es el cariño.

Disfruten las imágenes, y gracias por seguirnos y apoyarnos. Un abrazo desde El Himalaya.

L.O.
jueves, 7 de octubre de 2010

Quito-Katmandú, el día del golpe "Primera Entrega"



           Cada viajero que conozco en este periplo me pregunta si no había una ruta más lejana para llegar a Nepal. Sin duda, no la hay.
En un día que nos recordará la vulnerabilidad que tiene cualquier mandatario ecuatoriano, salí con destino Katmandú, con escalas en la isla de Bonaire, Ámsterdam y Hong Kong. Era el último día de septiembre y Quito amanecía con el cielo despejado, lleno de vetas fucsias y violetas que tomaban un intenso tono naranja mientras el sol superaba la línea oriental de los Andes y pegaba de lleno en la meseta de la ciudad capital de los ecuatorianos. La luz sigilosamente descendía de las lomas del Pichincha, pasaba por los bosques de eucalipto que rodean casi todo el Distrito Metropolitano y llegaba a las edificaciones más altas, donde nos indicaba que el día ha empezado.
Todavía faltaban unos pocos objetos para cerrar la maleta de viaje, y los minutos no se detenían. Parecía un jueves normal. Sara y Manuela me llevaron al aeropuerto Mariscal Sucre de Quito. Mientras buscaban un sitio para parquear el auto, yo buscaba un cajero para tener algo en el bolsillo durante la larga travesía que me esperaba. Antes de la despedida, llegaron apresurados Mercedes y Miguel con la misma frescura que tenían doce años antes, cuando me “encargaban” al pequeño Joshua en alguna salida a la montaña de los juveniles del Ascensionismo. Me entregaron algunas pertenencias para su primogénito, las empaqué y me despedí.


Luego de dos horas aproximadamente, ya sentado en un avión que acababa de prender motores, nos enteramos, por un comunicado del capitán de la aeronave, que había una huelga y que debíamos bajar a la sala de pre-embarque para esperar un par de horas y salir hacia nuestro destino. Ese par de horas se convirtieron en algo más de diez, hasta que supimos que el Alcalde de la ciudad había podido mediar con la gente que tenía tomada la pista del Mariscal Sucre.
Cuarenta y ocho horas después, luego de cruzar el ‘charco’, toda Europa, Medio Oriente y el Sur de Asia, apenas kilómetros al norte de la gigante India, llegué a la capital de Nepal. Allí me dieron el encuentro mis amigos Joshua y Oswaldo, quienes habían llegado días antes para avanzar con la logística de la expedición. En medio de la larga y cansada travesía, los seis expedicionarios restantes transitaban entre los aeropuertos de Quito, Los Ángeles y Hong Kong, superando problemas migratorios, embotellamiento y un empacho ocasionado por el recibimiento proporcionado por Milton “Kiki” Moreno, Galo “Cantón” Mejía, Danny Moreno y parte de la familia Reinoso. Los expedicionarios les agradecemos de todo corazón por el recibimiento y la despedida tan rápida, camino a los Himalayas… Ojalá que se repita.


Mientras tanto, en Ecuador se habían vivido momentos de inestabilidad política y violencia entre civiles, militares y policías. No puedo dar versiones certeras de lo sucedido, ni conozco alguien que pueda hacerlo. La verdad es que la desinformación y la falta de comunicación reinaron durante ese inolvidable jueves 30 de septiembre, mientras los montañistas del Grupo Ascensionismo intentábamos salir del país como primer paso para escalar en los Himalayas.
Lo logramos.
Al final del viaje, los seis restantes expedicionarios aprovecharon las cortas diez horas de escala en la futurista ciudad de Hong Kong para recibir unas clases de arquitectura por parte de Edú y compartir el descanso dominical de las empleadas domésticas de origen filipino, que, como única distracción, salen el domingo entero a hacer pic-nic en las calles de la ciudad.


El 4 de octubre, algo recuperados del largo viaje desde Ecuador, el grupo tuvo un día intenso entre visitas turísticas, impactos culturales fuertes y el abordaje inevitable de vendedoras de artesanías que se dirigían a los expedicionarios utilizando cualquier idioma imaginable. Más de uno sucumbió a las intenciones de las negociadoras y compró uno o varios objetos relacionados con la cultura nepalí y los sitios visitados. Por la tarde se realizaron las últimas compras pendientes y dejamos todo listo para tomar el vuelo a Lukla al día siguiente. De esa manera logramos entrar a la zona del Khumbu, famosa por albergar al monte Everest y todos sus vecinos, entre ellos el Pumori, objetivo de esta expedición.



Así vamos: algunos más fotógrafos que otros, un par más conocedores de la cultura de Nepal y el resto noveleros e impactados por percibir, sentir, oler y caminar en un mundo distinto al que vivimos diariamente. A continuación las primeras imágenes de lo que ha sido lo vivido hasta el momento.
En adelante, el acceso a Internet y por ende a las comunicaciones serán limitadas, pero en lo posible se informará del transcurso de la expedición.


Mauricio Reinoso, Marco Suárez, Peter Ayarza, Santiago Palacios, Luis Stacey, Oswaldo Freire, Joshua Jarrín, Edú Naranjo, Ramiro Garrido y Mary Riddel, junto con Karina Fernández y Lorena Oliva, se encuentran reunidos en Katmandú para iniciar el reto de escalar el Pumori. Las dos últimas, Karina y Lorena, acompañarán en el trekking hasta el campamento base.


RG
lunes, 13 de septiembre de 2010

Inauguración EXPEDICIÓN Pumori 2010!


Queridos familiares y amigos:
Se acerca la fecha de inicio de la expedición Pumori 2010, la hija del Everest; esta gran experiencia no sólo durará un mes sino que será por siempre parte de nuestras vidas. Queremos que nos acompañen el día jueves 23 de septiembre del 2010 para compartir estos momentos de gran ilusión, vísperas del ansiado viaje.

Se proyectarán audiovisuales de montaña, habrá buena música, choripanes y el lanzamiento de REVISTA MONTAÑA #28.


¡Te esperamos, no faltes!

LUGAR:  Patio del Arupo, CEPI.  Veracruz No.136 y América.
DÍA: Jueves 23 de septiembre, 2010.
HORA: 19h00

Cuéntaselo a todo el mundo! Reenvía este comunicado a todos tus contactos!

Puedes seguir los detalles de la expedición aquí:
jueves, 9 de septiembre de 2010

Foto Arista Sur-Este


Esta es la arista por la que discurre la ruta que vamos a seguir para la cumbre



Quienes somos

El Grupo Ascensionismo del Colegio San Gabriel lleva 65 años de continua actividad montañera y como grupo a organizado expediciones a Los Alpes, Aconcagua, Mackinley en Alaska, Cordillera Blanca del Perú y Cordilleras de Bolivia y ahora nuestros objetivos nos llevan a la Cordillera del Himalaya en Nepal.

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